El hogar se teje entre todos

El hogar se teje entre todos

“La casa alberga el ensueño, la casa protege al soñador, la casa nos permite soñar en paz.”
Gaston Bachelard, La poética del espacio

Hogar viene del latín focus: fuego. Antes de ser una dirección, un contrato o unos metros cuadrados, el hogar fue una llama pequeña alrededor de la cual alguien decidió quedarse. Y familia, esa palabra que damos por hecho que habla de sangre, procede de famulus, el que servía en la casa. Antes de nombrar a quienes comparten apellido, nombraba a quienes comparten trabajo bajo un mismo techo.

Fuego y trabajo.
Calor y manos.

Nos gusta pensar que en esa doble raíz, y no en los árboles genealógicos, se esconde lo que de verdad hace familia: alguien que enciende, alguien que cuida de que no se apague, alguien que se sienta al lado a recibir el calor.

En esta familia, crecimos en un entorno rural donde las estaciones marcaban el ritmo de lo cotidiano, aprendimos pronto (con nuestros padres y nuestros abuelos como maestros) que un hogar no se mide en metros, sino en lo que ocurre dentro. Una casa se vuelve hogar cuando deja de ser el lugar donde estamos para convertirse en el lugar que nos sostiene. Y ese sostén, casi siempre, tiene textura. Basta detenerse un instante y mirar alrededor: la manta que resbala del sofá, el jersey que pasa de unas manos a otras, los calcetines que se comparten sin preguntar de quién eran, o en realidad, los  que se comparten por ser de tu hermano mayor al que admiras y del que aspiras a seguir la huella que dejó con sus calcetines, esperando que eso siginifique de forma real  seguir sus pasos. 

Solemos cuidar con esmero lo que comemos y casi nunca nos preguntamos de qué están hechas las cosas que pasan la noche pegadas a nuestra piel. Los textiles son la primera casa del cuerpo: nos envuelven al nacer, nos acompañan al dormir, nos abrigan al envejecer. Y sin embargo hemos dejado de preguntarnos qué materia nos arropa. Hablar de salud material es recordar que habitar bien depende también de aquello con lo que decidimos rodearnos: fibras que respiran, que regulan el calor y la humedad, que vienen de un animal y vuelven a la tierra sin dejar deuda.

Por eso, cuando pensamos en la familia de Wool4life, no pensamos en una empresa, sino en una cadena de manos: quien cuida el rebaño, quien esquila, quien hila, quien teje, quien viste la pieza en su casa. Una familia que no comparte apellido pero sí gesto, y que tiene la puerta abierta para cualquiera que se reconozca en ella. Porque las familias que elegimos, o que nos eligen, también son hogar.

Los nuevos productos de este otoño nacen de esa convicción: que haya lana para todos los miembros de la casa. Para quien llega con el frío de la calle y para quien lleva toda la tarde en el sillón; para quien empieza a caminar y para quien camina ya despacio. Queremos que la lana pueda habitar todos los espacios: la cama, el salón, la cocina y el abrigo que nos acompaña al salir.

El hogar no termina en la puerta; lo llevamos puesto.

Quizás por eso la lana nunca ha sido de nadie y ha sido de todos: nace del abrigo de un cuerpo que no es el nuestro y encuentra su sentido cuando vuelve a calentar a otro.

Fuego para quien llega.
Lana para quien se queda.
Hogar para quien lo teje.

 

La familia Wool4life